Nulla dies sine linea

21 noviembre 2017

La pendiente



Irma encaró los dos kilómetro finales de desnivel y se apoyó en sus últimas fuerzas para hacer frente al enemigo de su propio dolor. Aquello suponía una tortura y una terapia;  y ese el motivo por el cual la hacía.
Los que saben del tema dicen que en las carreras de montaña los dos últimos kilómetros son los más duros e implacables. Crees ver ya casi el final de tu recorrido, que comenzó a un trote lento y tranquilo muchos porcentajes de inclinación atrás, pero en realidad esos centenares de metros se alargan hasta lo indecible, parecen interminables, cuando ya tu cuerpo y tu mente están en otro lado, muy lejos de esa cima, en la ducha y el sofá, en el trago de agua y el corazón volviendo a sus pulsaciones normales. 
Pero agachó la cabeza con furia e inercia y siguió corriendo, notando el bloqueo en unas piernas que no siente como suyas, y el oxígeno tratando de abrirse camino a través de los pulmones.
Hoy han sido 1.200 metros sobre el nivel del mar. Una cuesta de camino asfaltado que hace las veces de penitencia por el purgatorio azul del cielo.
Tal y como acostumbra los días que va, Irma corre bajo el amanecer, la luz diluida del alba deslizándose sobre el valle y perfilada en las robustas caras de los montes. Cuando, varios kilómetros al sur, la ciudad aún se despereza y expulsa de sus monstruos de ladrillo a sus primeros madrugadores.
Reta a su propio aguante físico en cada zancada, y en cada kilómetro de los puertos que asciende, su capacidad para hacer frente al sufrimiento. Se aplica en no pensar en la acción congestionada de los tendones y las fibras, y sí en procurarse el ritmo y la cadencia necesarios para devorar la carretera o tierra que desfila velozmente bajo sus pies.
Subir puertos corriendo. A los veinticinco años es una actividad cruel. A los cuarenta y seis una debería ser advertida por un médico y recibir el alto de un policía local que le impidiera realizar semejante deporte.
Pero la mejora de su condición no importaba. El hecho que probablemente no hubiera una mujer en toda la región capaz de subir ese puerto en la marca en que ella lo realizaba tampoco.
Lo que realmente importaba, algo que Irma nunca podría atreverse a explicar a los lugareños o pastores que sonreían y la vitoreaban al verla pasar, era utilizar el dolor para combatir otro dolor que siempre se hallaba presente, el dolor que no se iba nunca, el dolor de la hija ausente, del matrimonio perdido, el todo perdido.

Porque, si bien cuando llega a casa exhausta pero satisfecha, su marido aún suele estar durmiendo, sabe que muy pronto reiniciarán la vieja rutina de herirse mutuamente. Con gestos o ausencia de ellos más que con palabras. Él no se da cuenta que lo evita, que Irma empieza a desaprobar el contacto físico por inercia, las sábanas arrugadas y el sudor del sexo. No se percata porque su marido, con toda la bondad que alberga, posee una coraza infranqueable: sus buenas intenciones y su ignorancia.
Ignora casi todo de su mujer, incluso se le escapan los detalles más nimios: una mirada huidiza durante la comida, un silencio denso y prolongado, la falta de alicientes domésticos con los que hacerle frente a la rutina. Está segura de que él la quiere. Pero tantas veces querer lo es todo y sin embargo no es suficiente. Por eso empezaba a culparle. A despreciarle en silencio y reprocharle en público. Por no saber hacer caso a las señales que ella emite, como un sordo grito de socorro. Cree que lo odia a él, pero lo que odiaba era el porvenir junto a él. El incierto y gris futuro que se avecina juntos en una casa que se había quedado demasiado grande y silenciosa ahora que su hija se había ido a la universidad.
De tanto que lo conoce, se ha convertido en un extraño. Un mero compañero de las decepciones mundanas.

Irma no había nacido para ver pasar sus días sin haber cumplido ni la mitad de los sueños que albergaba en la adolescencia. Ni siquiera para el gris presente que tenía en su existencia cotidiana. Ella, como la gran mayoría de las chicas de clase media alta de este país, había nacido para licenciarse en una buena escuela de negocios y vivir su vida en una gran ciudad, con viajes, trajín cosmopolita y fotos sonriendo a cámara, con un marido e hijos y una promesa bastante decente de poder dedicarse a disfrutar de la vida, la libertad y la felicidad.
Nada tenía por qué haberse torcido. Nos ligamos a las personas que satisfacen nuestras necesidades. Y nadie cuestiona, nadie se plantea. Sus amigas no tienen esas crisis, ¿verdad? Al menos ninguna lo manifiesta, ninguna deja ver las grietas que descienden sobre la cabecera de su dormitorio. No se habla, no se comenta. Son acuerdos tácitos de esta sociedad. Sólo tienes que ser discreta, trabajadora, buena esposa y madre y sonreír convenientemente en las cenas de Navidad.
Por eso cuando se pone el calzado deportivo es libre de verdad. Libre de afrontar su propio suplicio. Y vuelve una y otra vez a enfrentarse al reto que le impone el cansancio, y a poner su aliento al límite para escapar del enemigo invisible, y le gusta la fatiga, no se detiene aunque se haga más difícil cada zancada, porque para ella es un bálsamo necesario, se siente a gusto infligiéndose el alivio momentáneo que le otorga el dolor.

06 noviembre 2017

La luna de acero



Las langostas no tienen rey, pero todas salen agrupadas en rangos
Proverbios 30:27


El primer encuentro visual se produce cuando Julio mira de soslayo, y cree ver una cara vagamente familiar, distinta a la de los parroquianos habituales, y que por un momento le distrae de las dos acciones que está realizando al unísono en ese momento: dar buena cuenta de un White Label rebajado con agua y observar el escote de la resignada camarera con manifiesta aprobación; pese a que, incluso en noches así, la contemplación de un cuerpo le parece poca cosa; quizá durante su vida ha vistió demasiados cuerpos que no pertenecían a nadie, ni siquiera a sí mismos.
El bar Aragonés es un antro por donde se dejan caer bastantes veteranos, un lugar de atraque en el que reposar después de toda una vida de vaivenes, tropa para siempre varada frente a las costas de la barra, tras aprender que la vejez y la desesperación resultan más sólidas que la juventud y la esperanza, tan inestables y ficticias; y uno encuentra un lugar cómodo allí, entre gente de pasados y silencios, siempre que comparta los mismos códigos y sobrentendidos; los mismos que asume la chica que sirve, una joven de buen ver aunque ordinaria de maneras, testigo de tanta soledad creciente y deliberada, a la que no ayuda el suntuoso alarde de sus cabellos y su perfume.
Hay humo de tabaco a partir de ciertas horas y cuando la persiana está echada, con el fulgor siniestro de los mecheros que bendicen las últimas copas. Casi todos allí se conocen y a veces la reputación que precede a cada cual sirve para ser convidado a un trago de una figura al otro lado de la barra, aceptando con un asentimiento de cabeza.

Pero aquella noche es demasiado pronto para casi todo y nadie se aventura todavía a encender sus cigarrillos dentro del local, así que él se pone la gabardina y sale a fumar afuera; aunque no a la calle por la puerta principal, sino por el lateral de emergencia que desemboca en un sombrío callejón, donde se puede pensar y orinar sin el ruido incómodo de los coches o el trajín discreto pero constante del cuarto de baño de caballeros.
Enciende un cigarro que chispea bajo una media luna blanca, desnuda, pálida y fina sobre ese callejón deshabitado, más viejo que cualquier otro ser viviente, insignificante pedazo de una ciudad sucia que apenas es nada para esas estrellas que mueren en la oscuridad en el confín del mundo.
Intuye un movimiento, alguien que sale por la misma puerta que él. La figura se acerca despacio entre la penumbra. Julio lo reconoce al instante, al resplandor de la luz de luna, como un espectro del pasado. Está en manga corta pese a lo intempestivas de las temperaturas.
Se lleva un cigarro a los labios.

—¿Tienes fuego?
Lo pregunta con ese tono suyo de distraída amabilidad. Se fija en sus facciones, más envejecidas. Una aureola de arrugas ha ido tomando posiciones alrededor de los párpados con el pesar de los años, pero mantienen esas propiedades casi férreas. La cicatriz sobre la mejilla derecha está ahora rodeada de barba gris, salpicada de canas que endurecen su expresión. Observa con desconfianza aquel rostro cauterizado. Le acerca la llama del encendedor y después da dos pasos hacia atrás. La noche es húmeda y el frío le condensa el aliento. A pesar de la oscuridad, puede notar cómo sus ojos glaucos lo estudian valorativo. Esos ojos oscuros del Comandante están fijos en él, hay cierta implacabilidad, y también puede ver el cálculo que se desarrolla en ellos. Como tratando de reconocer al chico que era décadas atrás, tal vez tratando así de reconocerse a sí mismo.
Incluso con esa luz baja y parpadeante, Julio puede ver las venas que trepan por el brazo de su antiguo Comandante y mentor como si fueran vides. Y entonces él sonríe. Es una sonrisa helada, siniestra y burlona, casi canina. Luego también retrocede dos pasos hacia atrás.
Julio inicia el movimiento de llevarse una mano a la cadera de forma intuitiva, aunque lo deja recién empezado, sintiendo, al contacto con el antebrazo, el contorno de su vieja Llama M-82. El leve gesto, casi un amago imperceptible, es advertido por el Comandante, los resabios de quien está acostumbrado a interpretar reflejos de ese tipo.
—Entonces, ¿es la única manera, verdad?
La pregunta es ascética, si ningún tipo de emoción ni entonación especial. Casi como una certeza.
Su rostro impone su signo de interrogación. De paciente ambigüedad. Luego un silencio que se puede cortar. Ambos saben la respuesta. Lo saben desde hace mucho. Por la lealtad a lo que un día fueron, por el concepto que tenían de ellos mismos, por unas personales reglas y una manera de pensar y de vivir que van más allá del bien y el mal, de lo cotidiano o lo correcto. Una fraternidad tácita que no admitía traiciones.
Y eso que ya no es aquel chico que hace todo lo que se le ordena con una terrible ferocidad, producto de su juventud impetuosa; el mismo que veía en su ya su viejo Comandante una figura paternal más que un mando, e intuye que pese al evidente transcurrir del tiempo, su superior sigue siendo el mismo, aquél que es difícil que pierda su sangre fría. Su temple. Al que tanto admiró, porque tenía poder para proteger y conferir honor y fortalecer la determinación de los hombres, cuando querían arreglar los derretidos cimientos del mundo.

No eran hombres buenos, pero eran valientes y honorables. Pero no se puede cambiar el pasado, cuando todo se torció: unas órdenes desobedecidas, una mujer, un vidrio de cristal sobre la cara. Un interrogado al que el corazón le dice basta. Cuando vio que la duda nublabla su rostro por primera vez.
Y piensa: los vínculos más fuertes que conoceremos en nuestra vida son los de la desgracia.
El Comandante se lleva, como al descuido, una mano al costado que posa en la cadera. Julio sabe, sin necesidad de confirmación, que atrás, sobre los riñones, está su Star B de 9 mm Parabellum, tan antigua como fiable.
Julio menea la cabeza dubitativamente. Como buscando realmente otra manera. Pero es sólo un instante. Luego se mantiene el pulso contenido ahí, en la oscuridad. Ve con claridad que toda su vida conducía a este único momento y todo lo posterior no conduciría ya a ninguna parte.
La atmósfera se impregna de esa quietud antinatural antes de cualquier estallido. Deja caer el cigarro al suelo. Y del suelo parece subir la tensión que se acumula en las ingles y trepa por la boca del estómago, por espacio de unos latidos; la garganta reseca, la lengua que sabe a ceniza, los sentidos expectantes en estado de alerta. Siente los nódulos linfáticos a ambos lados del cuello presionando el esófago y la tráquea.
El Comandante lleva rápidamente su mano derecha hacia la parte de atrás de su pantalón y agarra su Star justo al mismo tiempo en que Julio aparta su gabardina y alcanza en el costado su pistola.

20 octubre 2017

Ahora



Ahora es como si la lluvia otoñal trajera de vuelta tu nombre en su húmedo susurro y el recuerdo del invierno que pasamos persiguiendo el calor de los cuerpos, ahora que regreso de muy lejos con tu sabor insertado en mis labios, que la memoria caprichosa selecciona sólo lo mejor y te desnudas todavía en mis sueños las noches en las que no puedo dormir, pensándote despierto, en soledad, iluminas mis madrugadas, vuelvo sobre unas líneas de amor en un cajón, vuelvo sobre todo el carrusel de emociones mientras Europa envejecía bajo nuestros pies, a cada zancada, en cada estación de tren y en las paredes de todos los hoteles de paso que inmortalizamos con nuestras pieles aún jóvenes y febriles; el abrazo en pleno amanecer, la furia de tus recuerdos más dolorosos, sé que sigues siendo preciosa justo en este instante, mientras el tiempo y la distancia se empiezan a interponer entre nosotros, otra vez, como antes de que cogiera el primer avión con la intención de seguirte tras cada frontera.

Ahora que ya no naufrago en las barras, que he enterrado tantos pasados y que he sobrevivido a todos los zarpazos, continúas cruzando kilómetros digitales para escribir un te quiero por sorpresa y mantienes el silencio durante semanas para hacerme entender que sólo eres otro imposible, ahora que sé que nuestra historia tuvo que ser tan breve como intensa, y guardarla para que así sus mejores momentos acompañen y pinten una sonrisa en nuestros rostros si es que alguno de los dos llegamos a la senectud, dejándonos empañar por la melancolía y la belleza del recuerdo. Ahora que sabemos que olvidar es también una forma de mentirnos. Pero no dejes que ahora la nostalgia te remita a ciertos paraísos perdidos.
Ahora que supiste ser la más madura de los dos, calculando los tiempos con los pies en el suelo mientras yo me derretía por ti en cada presente, ahora que se han resguardado todos los hermosos caballos y amenazan de nuevo las nieves sobre la capa tantas veces remendada de sangre y barro del continente, y que yo no volveré a vivir con el sonido glacial de una carretera helada durante meses bajo mis botas; Madrid sin puerto de mar y tanta vida aplazada mientras arde tu garganta en mi pensamiento, trato de cumplir con nuestras promesas, tus últimas palabras antes de dedicar una mirada al cielo y te veo con los ojos de aquellos días, aquellos ojos tuyos que habían cambiado mi mundo para siempre en el espacio de un latido. Sigo siendo el mismo muchacho que apareció con una maleta en la mano y en silencio sonreía.

08 agosto 2017

El desván


Isa recorre la estancia, observa el silencio que casi puede sentir como plomo dentro de la fina piel que recubre los oídos. El peso de las sombras. Lo que ya no está habitado pero un día se colmó de otras presencias.
Ella tiene la absoluta seguridad de que los difuntos siguen con sus existencias paralelas a ésta. Parece que deben renunciar a estarse quietos, y su influjo corre a través del presente y de las personas que continúan a este lado de la vida.
Lo experimenta con esa certeza lúcida mirando esta noche las fotografías donde se le asemejan vivos, y a la vez tiene la sensación de estar siendo observada por los ojos opacos de quien hace mucho que falleció. Ambas cosas son ciertas.

Es curioso, cómo se modifica el pasado cuando nos fijamos en él. Cuando lo rescatamos y le damos una nueva densidad. La vida de alguno de ellos sigue llena de historias contradictorias en el imaginario de Isa, anécdotas y fechas que se sobreponen, recuerdos difusos. Realidad o bruma en la leyenda del tiempo, la escala de esos conceptos que se desdibujan en su mente va creciendo.
Porque nadie es capaz de escoger un pasado, pero sí de adulterarlo a conveniencia o sin pretenderlo, con las emboscadas que tiende la memoria.
Otros detalles los rememora, sin embargo, con asombrosa nitidez.
Allí, en un pueblo del norte de México, en la casa donde fue niña, donde lo fue sin ser consciente de que estaba haciéndose mayor: las manos de su abuela sobre el rostro de su abuelo, que recorrían su cuello afeitado con una caricia lenta, tantos años en una casa de provincia, su abuela unida a un hombre desde la época en que las personas se unían para evitar el pánico de vivir solas.
Recuerda bien verla al levantarse, la arruga en la frente de quien lucha con los restos de la noche, el aroma a leche entera y a hierba, el aire húmedo cargado de olor a tierra y a flores, el sol salpicando de luz el camino de la entrada, el lento despertar de los lugareños donde la rutina tiene otra cadencia y su propio ritmo, más allá de la vida como una especie de frívolo ajetreo sin rumbo.
El abuelo que sentía el cambio de las estaciones en el agua de los huesos.
Isa apenas era una adolescente pero rememora su agonía, la dignidad estoica con que afrontó su largo final. Él quería su dolor allí, encontrarse vivo a través del sufrimiento. Y la abuela en vela, en guardia de madrugada con su vigilia silenciosa. Estaba con él hasta que se dormía, no se alejaba de la cama y si se despertaba allí estaba en la oscuridad, la abuela, mientras él avanzaba hacia la muerte con plena conciencia.

Le parece oír una voz que le llega desde el otro lado.
"¿Cuántos años hace que no visitas mi sepultura?”.
Pero no la escucha, como no escucha a la niña que la llama en ocasiones desde el pasado, pero se obliga a mirar aquellas vidas extintas como forma de mirarse a sí misma y a lo que un día fue. A lo que un día será.
Repasa aquellas instantáneas, algunas claras, supervivientes al desgaste del tiempo, y otras en ese estado de transición descolorido, inanimado y triste, que dejan ver los rostros cubiertos de muecas felices, como si sonrieran para que la muerte no viniese a llamarlos.
Allí se queda curioseando, en el desván donde entre muebles en desuso y remotos, hay marcos envejecidos de oro en el interior, aunque el paso de las décadas no ha dejado de aquel dorado más que un pálido resplandor amarillento, mostrando otras generaciones que pasaron por allí, igual que otros pasarán cuando ella ya no esté. Dando así testimonio de la indisoluble continuidad de las cosas, al permanecer el trastero impregnado de la atmósfera del pasado, de una vida anterior, de cuanto había quedado atrás para siempre.
Estampas y existencias congeladas por la mirada de una cámara, transgrediendo ese abismo que separa lo material de lo inmaterial. El bisabuelo de bigote blanco, nariz ganchuda y ojos azules, la mira con gesto sombrío desde su lado del marco, el brazo cubierto de negro que reposa con serena grandeza sobre una mesilla hecha a propósito.
Faldas largas, vestidos de otra época, hombres sobrios elegantes y también atuendo de campesinos y miradas taciturnas, mujeres con sus melenas rubias y largas como crines de caballo, aldeanos dadivosos que compartían la tierra que trabajaban y en la que nacieron y murieron. Esos retratos en blanco y negro, como si el mundo antes fuera gris, generaciones que vivían sumidas en la oscuridad de la superstición y la servidumbre, apenas ninguno alzando la voz en la lucha contra la mordaza que imponía a la conciencia el pensamiento católico; y cada una de aquellas existencias ya apagadas conservaban, sin embargo, la esencia de largas e incontables vivencias calladas y secretas; deseos y anhelos cuyos intereses se centraban en la esfera de lo terrenal.
El hecho de no pertenecer salvo a un momento concreto la aterró, tratando de hallar el lugar donde anclar su miedo al mundo, y a la vez excitada por la secreta fascinación que ejerce sobre nosotros contemplar aquello que fue vida y que ya no lo es ni lo será.
Sí, el tiempo es un singular enigma, un fenómeno muy difícil de explicar.

Esas reflexiones que la abotagaron e inundaron desde el suave manto rojizo del crepúsculo hasta que el cielo tiene la línea de claridad que antecede a la mañana, el fino horizonte con un suavísimo violeta. Toda la noche de verbena con sus antepasados, que acudieron serviles a recordarle su lugar en la genealogía, pero Isa ya se va a dormir, y la cercanía de esos fantasmas hace que la llamada de la existencia se oiga con más fuerza, tras su peligroso coqueteo con la eternidad, llamándola a ella misma y clamando por el tiempo que le quedará por vivir.

05 junio 2017

Cielos


 
 
Se fue en la misma fecha en que se fueron las nieves. Había llegado a mi vida con la atmósfera otoñal, brillante y cortante, y cuando los últimos restos de hielo abandonaban las aceras y despejaban los campos, ya sólo me quedaba el recuerdo de sus ojos, de un azul eventual y oceánico, sobre el semblante hermético de su rostro eslavo. Dejando para mí únicamente la soledad, el silencio dramático de las estancias de repente vacías de su presencia, lo impersonal ahora de esta vivienda en que transcurrieron algunos de los días más atormentados y más queridos de mi vida.

Era guapa, espontánea y agradable, pero también impúdica, segura de sí misma, viciosa y depravada. Deseaba su cuerpo, me hacían reír sus bromas, me atraía la carnalidad de cada uno de sus movimientos, aquella boca que chupaba y mordía con suavidad, los muslos prominentes de factura soviética entre los cuales yo me deslizaba con inquietud y placer.
Había en ella tanta juventud orgullosa que todas las locuras del mundo le parecían permitidas. Como una niña consentida en exceso ante la mirada benevolente de un padre también estupefacto. Como un sueño salvaje y místico, fueron también las largas noches de vodka y confidencias que precedían al hermoso delirio de amanecer entre estufas y campos blancos; lo insaciable de su deseo, mientras pensaba: ella sería siempre demasiado lo que Sara nunca sería bastante. Un éxtasis poblado de quimeras sin analogía ni precedente.
Asumíamos la certeza de acabar con aquello antes de llegar a la realidad miserable de cualquier pareja, con su egoísta estrechez de miras, para quien el amor es un feliz engaño al que uno se somete de buena gana. Sólo éramos el contacto de los cuerpos con almas incandescentes, fuego que se enciende porque sí y se extingue no se sabe por qué. O eso creíamos manejar, una hoguera que ardía bajo la oscura faja circular del mundo, que era cruel y todopoderoso testigo de nuestras pasiones. No existía pasado ni esperábamos un futuro, pero en mi creciente obsesión tenía celos retrospectivos de quienes habían entrado antes que yo. Los que me habían precedido en ese cuerpo causante de mis desquicios.

Y me asfixiaba el clima con ese cielo monocromo, húmedo y obsesivo. El sol que salía esos días era del color del acero. Y sobre esa locura perfecta a veces brillaba un cielo de diciembre, claro y glacial, mientras una crisis violenta se preparaba sobre la superficie gélida de esa atmósfera invernal.
Hubo un intercambio de palabras imposibles de enmendar. Una madrugada de violentos impulsos, ruido de cristales de botellas, rotas. Zarandeos por el suelo. Ella puso una rodilla sobre mi pecho y el tibio filo sobre mi garganta, apretando con firmeza para hacer hincapié en la determinación de sus palabras. “Hoy no te mato porque no quiero, así que me debes una vida, imbécil”. Y pude ver en el espejo intenso de sus ojos el miedo reflejado de los míos, mientras apoyaba con mano firme la hoja del cuchillo y un hilillo de sangre, fino como una lombriz roja, serpenteaba cuello abajo.
Le apreté las muñecas y retorcí su brazo hasta hacerle soltar el acero, golpeando con dureza su rostro con el reverso de mi mano, esperando ver tal vez la perplejidad trágica reflejada en su hermosa carita enfrebrecida, pero sólo manifestó una pequeña y sombría sorpresa, y su sonrisa perversa precedió un arrebato de sexo con agresividad y desesperación, como si todo pudiera tener cabida en este recinto, la muerte y la vida desatada, la violencia y la feroz acometida sobre los miembros, como entes que se dan la mano en un peligroso ritual de sangre derramada y fluidos corporales, dos cuerpos de movimientos homicidas unidos en precaria tregua.

A la mañana siguiente la Europa del Este se presentaba más desoladora para mí, como si todo un mundo de desamparo se extendiera más allá del hueco de su cama vacío, el recuerdo hecho a base de detritos de mi propia sangre, y aunque era mejor así y siempre asumí que no podía durar, sin embargo, sabiendo que se ha ido a otras casas y en brazos de otros hombres, se avivaba el deseo cuando pensaba que otros obtendrían parcelas de ella que habían sido mías. Y aquella confusión de sentimientos era a la vez incoherente y dolorosa. Hurgando sitios de mi memoria que he recorrido otras veces, agarrándome a la honda consternación de haberme instalado a perpetuidad en la fría tiniebla previa al amanecer, confinado en esta estancia sin persianas.
Así habito aquí, anónimo y silencioso, sin tan siquiera un nombre mecanografiado en el buzón. El clase de hombre que un día se desvanece como una mota flotando en el aire. Tipos a los que las sombras se tragan sin que nadie los eche de menos.
Hay un cielo de color porcelana, opresivo de nubes, inalterable hasta que llega la noche y salgo a la intemperie, nunca es del todo primavera por estas latitudes, por lo que espero la madrugada en un vecindario desalojándose y finalmente desierto, tiritando de frío y de indecible ansiedad y buscando alguna estrella errante en la negra faz del firmamento.

13 junio 2015

Su rival



Sintiendo su respiración acompasada, en aquel silencio que evocaba paz, ella le miró una vez más mientras dormía, descansando boca abajo, y acarició su mejilla lastimada, el párpado cerrado sobre el bulto. Velando su sueño y llenando la ausencia, era la única que podía entender por qué peleaba. Qué le empujaba a ser cada vez mejor, a medirse y exponerse en retos más difíciles.
Puede que otros se suban a un ring por el reconocimiento o por las medallas, tal vez por los aplausos efímeros y la volátil fama; o la adictiva sensación de adrenalina, la combinación de emoción y riesgo, del todo o la nada separados por un golpe certero.
Pero a él no le motivaba ser reconocido como un pegador nato, como un hábil oponente que sabe combinar con destreza  y mantener la cabeza fría incluso estando contra las cuerdas. Nunca anheló las glorias de ese campo, su estética y submundo, ni le gusta ser alguien que pueda dar la sensación de agresividad fuera del cuadrilátero.
Ella le ve cada día, en las cosas que hace y dice, en lo que sueña y olvida, en los hematomas que desgarran por dentro y amargan los recuerdos; y sabe que su rival más temible es su cabeza, las ansiedades y la ambición de probarse como medio para conocerse. Luchar contra lo que se puede o lo que se debe, contra el pasado y contra los límites, batirse por dominar también a la vida y sus excesos, la voluntad y la entereza, el tesón que se requiere para enfocar algo y no claudicar.
En cada golpe, en cada gota de sudor y sangre, echa los restos del coraje y también purga el bloqueo, las traiciones, la rabia, la lucidez amarga del que combate porque sabe de algún implacable instinto de dualidad. Estar bien o estar mal. Allí se refleja.
Ella conoce sus largos silencios, su fría mirada de concentración la noche antes de los combates, y aunque siempre hay un momento de insatisfacción y de duda, sabe que hoy ya terminó pero mañana subirá de nuevo los peldaños y se pondrá los guantes una vez más, enseñándole la sonrisa al miedo, ofreciendo su mueca burlona al peligro, porque ni los golpes ni las contusiones, ni el sacrificio o el dolor pueden esconder la realidad de que a quien tiene enfrente es otro yo; la absoluta convicción de que la única pelea que vale la pena, la que se nutre igualmente de la victoria o la derrota, es la que se libra contra uno mismo.

04 mayo 2015

Pantallazos (4) y cierre



Él era un tipo de pocas palabras, reservado, astuto, de los que prefieren escuchar antes que hablar y esto no lo hacen a no ser que sea necesario, oportuno. Brillante en sus reflexiones y en su sobria educación, los que le conocíamos bien sabíamos interpretar sus miradas de melancolía o ilusión, esa forma de comunicarse con sus allegados con un gesto, una expresión, una caricia o un silencio.
José Vicente solía argumentar que si habíamos sido dotados con dos orejas y una sola boca no era por mero capricho o casualidad. Siempre lo admiré y respeté, incluso en sus neuras y fobias, en sus personalísimas manías.
Había que tenerle tomada la medida y saber por dónde abordarle, el momento oportuno, y entonces podías disfrutar de una de las charlas más amenas, fascinantes y lustrosas. Su extrema lucidez y su brillante cultura, a la que algunos acudíamos en busca de apoyo o consuelo como otros se acogen a la Biblia.

Recuerdo con especial cariño una noche, dos años antes de que muriera, dando buena cuenta de sendos whiskies (escocés, ¿acaso existen otros?), buscando en la bebida los pretextos para atenuar los remordimientos propios; apoyando los labios en el vaso, silenciosos como sombras sobre la hierba, entendiendo esa ausencia de palabras como un ritual enriquecedor.
Y rompiendo nuestros pensamientos, con la tercera ronda empezamos a recordar, como dos viejos corsarios de los viajes cinematográficos, algunas de nuestras mejores memorias de celuloide.
José Vicente atacó pronto, como solía, hacia lo noir: "
Qué te puedo contar de aquella primera vez que vi a Richard Widmark en pantalla, tirando a una anciana en silla de ruedas escaleras abajo. Era muy joven, y el impacto de esa imagen me quedó grabado en la retina de forma perdurable". Mientras remarcaba el acento en la palabra joven yo adivinaba su mirada empañada de sueños que nunca fueron, de vidas que nunca se llegaron a dar, y podía anticipar el inicio del fin.
Después de anécdotas mutuas añorando el cine de Henry Hathaway, homenajeamos al célebre Fritz Lang, hablando de la turba de enfurecidos pueblerinos que quieren linchar a Spencer Tracy o del despiadado amante de Barbara Stanwyck que interpreta un desgarbado Robert Ryan.
Nos reímos con franca alegría no exenta de nostalgia al rememorar a aquellos jóvenes precoces en el alcohol y en el sexo de la maravillosa El soplo al corazón, o la matriarca loca de La banda de los Grissom, arremetiendo contra todo, subfusil en mano.
Sus ojos centelleaban de la emoción del recuerdo, volviendo a vislumbrar en su cabeza todas aquellas secuencias que habían coloreado su pasado.

Le dedicamos un obligatorio espacio a la memoria de Mastroianni,
"Aquel tren que se va definitivamente en Los Girasoles, dejando a Sofia Loren en el andén de la estación, ese amor que el tiempo y las circunstancias que les tocó vivir hicieron imposible", le remarco. "O ese perseguido escritor que le grita ‘¡Soy maricón!’ a la estupefacta ama de casa en Una jornada particular", me replica. Celebro su buena memoria, y seguimos un rato charlando de cine del país de la bota, del camisón de la Loren en Matrimonio a la italiana y de otras inimitables damas: "Recuerda -le azuzo, con picardía- cómo se paran todos y la forma en que miran, cuando aparece después de una hora de película Claudia Cardinale irrumpiendo en el salón, el rostro de Lancaster mientras bailaba con ella su último vals".
Sacamos a relucir con sorna aquel terrible acento español de Ava Gardner que trataba de pasar por autóctono en La condesa descalza.
 "Ava, que era mucha mujer para lo que estábamos acostumbrados por estos lares, puso Madrid patas arriba -me dice-.Tanto que Sinatra se presentó aquí, intentando pararle los pies a la desbocada y libidinosa señorita".
Reímos de nuevo y con esa fantástica sensación recordamos cómo McCrea en Los viajes de Sullivan descubría que la risa es lo único auténticamente necesario para que los perdedores y los parias de la tierra olviden por un momento su condición de derrotados.
"Hubiera dado mi mano derecha por una mujer con la voz de Veronica Lake. Sólo para que me susurrara por las noches al oído, antes de dormir".
Con las siguientes copas charlamos con desbocada admiración porteña sobre Aristarain y esa pareja artística inseparable que encontró en Federico Luppi, soñamos también con nuestro lugar en el mundo y el tiempo de revancha; incluso con los lugares comunes.
Cuando ya estábamos entonados sin remedio de alcohol y recuerdos le dije que se parecía al oso beodo que tenía Newman de mascota en El juez de la horca, y a lo mejor fue la referencia a ese instrumento lo que le hizo asociar y enlazar, ponerse serio y trascendental y confesar que siente un escalofrío cada vez que piensa en la época en que se concibió Antes de la lluvia, ese viaje triangular al corazón del odio y análisis de los nacionalismos asesinos.

Le sentí nostálgico, le sentí lúcido, y comprendí cómo en mis buenos años yo acostumbraba a impostar las sensaciones de esa trinidad formada por la juventud, el amor y la muerte. Hay cosas que no se pueden disfrazar.
Me explicó cómo el cine había servido de canal para entender su propia existencia, para ayudarle a labrar unos códigos personales y también a crearse una idea sobre la supervivencia, los seres fronterizos, los deprimidos, los enamorados, los héroes, la derrota, la fidelidad, la victoria, el crepúsculo y la sensación de vacío.
Cuando la enfermedad le acorraló, no quiso agonizar en un hospital. El mismo día que terminó sus memorias se puso una escopeta en la boca.
Yo supe entonces que siempre que recordaba películas era una coartada para reflexionar sobre sí mismo, que hablaba de cine pero en realidad estaba hablando sobre la vida.