Me acusas de vivir literariamente, inmerso en la profunda tragedia de la impotencia creadora desde que todo me cambió para siempre. De no dejarme conocer, extender un velo entre nosotros y nuestra intimidad. Da igual, cuando alguien trabaja en una obra de imaginación se encuentra completamente absorbido por ella, se hace difícil salir otra vez al mundo y participar en él, sobre todo en un mundo frívolo, habitado por millones de sombras sin rostro.
El escritor es cobarde. No libra sus batallas sobre el terreno, abiertamente, en presencia de otro. Sólo lo hace después. Ajusta cuentas a través del papel. Más tarde. En soledad.
Una existencia por completo artificial, me dices. Ves la venganza como necesaria, te permite restablecer el equilibrio de la vida emotiva. En el fondo, la venganza te gobierna, la idea de cerrar los años que ya se clausuraron. La orquesta ha dejado de tocar pero tú no aceptas esa defunción, me dices, y la música aún te atormenta,
Pero a todos los creadores les gusta el orden, un orden profundo, por eso yo trato ahora de dominar el caos. Así y todo, cuanto se ha escrito no llega a la tragedia de la vida y sus luchas. La vida hace empalidecer a la literatura. Dos mundos distintos y entrelazados.
En ti está la mujer que de forma desesperada busca el sol, la belleza, la armonía. Para curarse, para encontrar su equilibrio. Una buena chica que podría encontrar un buen y trágico matrimonio de conveniencia, olvidarse de todo y no tener que pensar más en la ironía de amores que nunca llegaron en el momento debido, de tragedias que no debían de haberlo sido, de pasiones que se cruzan sin tocarse, de ciegas crueldades y amores más ciegos aún. No te gusta que diga esas cosas, me gritas que para ser una mujer más te hubieras ido con un hombre cualquiera.
No sé si realmente alguien puede irse o volver, escapar o quedarse para siempre. Hay quien cree que todo lo tenía ya escrito desde antes de nacer. Lo que nosotros llamamos destino es en realidad nuestro carácter, y ese carácter puede ser cambiado. Tú me has alejado de mis bajos fondos, mis tribulaciones espectaculares, mis noches de orgía, mi búsqueda del placer, de curiosidades, mi vida callejera, mis contactos con todo el mundo, con cualquiera.
Me miras a los ojos y me interrogas. No tienes motivos para estar resentido, ¿por qué sigues luchando contra el mundo? Amas la guerra por la guerra. Vives en un mundo animal, en el cual la vida es llena pero carente de una fuerza rectora y de una conciencia lúcida.
Lo sé, sé mi querencia por la brutalidad y la sensualidad como elemento de fuerza. Estoy en plena transición entre el interés romántico por la vida y el interés clásico por las ideas. Eres una fuente inagotable de piedras preciosas, un alma rara, orgullosa y ardiente, tu esplendor en interior, y está lleno de belleza y claridad. Pero tú también has explorado muchas regiones oscuras, eso es peligroso para una mujer.
Los dos partimos del deseo de ser fieles, completos, humanos, nobles, leales, con las pasiones amenazando con romper el dique. Nunca sabrás alivio que se experimenta cuando se consigue confiar plenamente en alguien, porque en el fondo sospechas que, como Leonard Cohen, siempre estoy solo en mi vida secreta.
Te descoloca ver cómo a menudo soy desbordado por la vida, ver mis lamentables esfuerzos por racionalizarla, por ordenar mis emociones, por comprender. Te aterroriza ver una personalidad creadora malograda, el artista fracasado, el que tiene la chispa literaria pero deformada, detenida, debilitada. El romántico moderno que se niega a morir pero que sus ilusiones y fantasías le impiden vivir.
Luego trato de hacerme daño pensando que me hubiera conformado con algo menos que tú, hubiera ido tirando con hoteles para amores fugaces, amantes bien atendidas y parejas de fin de semana.
Me repites que no podemos llegar al fondo porque allí sólo habita el abismo, y yo te recuerdo que vivir fragmentada es la negación de la totalidad de una mujer. Pero tú estás hecha para la movilidad, la fluidez, y no para el absoluto. Me siento gastado, perdido, entregado, vacío.
Quieres que describa el presente, que olvide el futuro, quieres que escriba el presente, que nunca mire atrás, que deje la ciega rebelión furiosa contra mi vida. Échate aquí a mi lado en este invierno que se avecina. Por la noche apagaré la estufa, como las viejas estufas de las novelas de Dostoievski. Deja que las cosas se acumulen, descansen, fermenten; y luego estalla. No trates de abarcar todo el terreno.
Sé lo que tus ojos me preguntan en silencio, incluso después de hacer el amor: ¿ha producido el dolor una cicatriz tan profunda que no sientes ya el suave tacto de la felicidad?
Sólo busco la dicha de no saber, no sentir y no ver, la dicha de yacer quieto y en calma, en un calor y una oscuridad profundos. Busco continuamente este calor y esta oscuridad, este estar vivo sin dolor, este vivir sin ansiedad, no frío, ni soledad. Sin mi constante búsqueda obsesiva de lo irrecuperable.